Mi lugar en el mundo
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OCUPAR MI LUGAR EN EL MUNDO…

Mi lugar en el mundo

OCUPAR MI LUGAR EN EL MUNDO…

A veces sentimos que repetimos historias que no entendemos. Que reaccionamos de formas que no reconocemos como nuestras… Que nos cuesta avanzar, que la vida nos pesa… y no sabemos muy bien por qué.

No es solo tu historia. A veces cargamos con dolores que no son nuestros, pero que sí habitamos. Heridas que vienen de atrás… Historias que se repiten, miedos, lealtades, culpas o silencios que nos atraviesan sin saber de dónde vienen…

En estos días he vuelto a mirar hacia dentro, leyendo, sintiendo… parando, reconectando con quién soy, cuando no soy… (los mil papeles que interpretamos cada día…)

Y me doy cuenta de que ocupar nuestro lugar en el mundo no es solo una decisión, es un trabajo emocional, profundo y sostenido.

Hay momentos en los que sentimos que vivimos una vida que no encaja del todo con quienes somos…

Que nuestras emociones no tienen sentido. Que nuestras reacciones son más grandes que lo que las provoca… Que decimos y expresamos más (o menos) de lo que sentimos…

Alguna vez te has preguntado si esto que te pasa… ¿Es realmente tuyo?

En mi camino como psicóloga, y también en mi propio proceso personal, cada vez confirmo más que no todo el dolor que sentimos nos pertenece directamente, no al completo… Hay heridas que vienen de antes…

De nuestros padres. De sus padres… De historias que se callaron, que se repitieron, o que se heredaron.

Y cuando no somos conscientes de ello, nos volvemos fieles al dolor familiar, a ese legado invisible.

El enfoque de Bert Hellinger, creador de las Constelaciones Familiares, nos aporta una mirada profundamente humana sobre este tema: Cada persona pertenece a un sistema. Y dentro de ese sistema, muchas veces, tomamos de forma inconsciente roles o cargas que no nos corresponden.

  • Hijas que cargan con la tristeza de su madre.
  • Nietos que repiten fracasos económicos de su abuelo.
  • Personas que repiten el abandono, la soledad o el sacrificio sin saber por qué… y sin hacer nada para salir de ahí…

Esto no se hace por debilidad. Se hace por amor…

Sí, amor inconsciente, infantil, ciego… por lealtad al sistema… Es como si nos dijéramos algo así como: “así yo también pertenezco”, “así yo te honro”, “yo te salvo”, “yo me ocupo…”

Pero el precio es alto: nos perdemos a nosotros mismos. Hasta el punto de no saber si lo que somos es porque somos o solo estamos repitiendo algo que no es nuestro…

A veces, el cuerpo calla. Pero el lenguaje no…

Y si escuchamos con atención, empezamos a descubrir pistas:

“Siempre soy la que se sacrifica”.

“A mí nadie me elige”.

“Tengo que cuidar de todos”.

“No puedo hacerlo mejor que mi madre/padre”.

“Me da miedo estar bien”.

“No puedo avanzar”.

Estas frases no siempre nacen del ahora, de nuestro momento… A menudo son ecos del pasado que nos habita. Del pasado que vive dentro de nuestro inconsciente…

Hay algo en nosotros que no se ve, no se toca y, sin embargo, nos vive, nos conduce…

Una fuerza silenciosa que condiciona lo que sentimos, lo que deseamos, lo que tememos y hasta cómo nos relacionamos.

Ese algo es el INCONSCIENTE.

Y es tan inmenso, tan profundo, tan fuera de los límites de la razón, que nos convierte en un misterio… incluso para nosotros mismos.

Cuando reaccionamos sin entender por qué, cuando repetimos vínculos, cuando nos saboteamos justo antes de lograr algo importante…

Ahí actúa el inconsciente.

No como enemigo, sino como si fuese un guardián de toda una vida no dicha, reprimida, heredada, aprendida, olvidada… que va dándonos pistas, que no sabemos ver o descifrar…

Carl Jung lo dijo con claridad poética: “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino.”

El inconsciente es como una caja de recuerdos olvidados que guarda:

  • Nuestros deseos ocultos.
  • Los miedos que no nos dejaron nombrar.
  • Las heridas de la infancia que siguen abiertas.
  • Las lealtades invisibles a nuestra familia.
  • La vergüenza, la rabia, el amor no vivido…
  • El daño que hicimos, o que nos hicieron.

Y cuando aprendes a verlo… solo hay que aceptar. No se trata de luchar. Se trata de asentir… de acompasar los mensajes de la vida.

Aceptar no es rendirse.

Es reconocer sin juicio lo que fue, para poder ver con claridad lo que es y así poder movernos hacia lo que puede ser.

Es dejar de oponer resistencia a lo que ya es, para poder transformarlo.

Es mirar con compasión lo que dolió, sin juzgar.

En la consulta mi función es acompañarte:

  • A poner luz sobre esos patrones.
  • A dar voz a las emociones congeladas.
  • A devolver cargas que no son tuyas.
  • A recuperar tu lugar en el mundo… ni por encima, ni por debajo… El tuyo.

Al final el objetivo solo es uno… que logres ser fiel a ti. Y sí, no te voy a mentir, duele… Pero duele distinto…

Y ese es el poder de la psicología: ofrecerte un espacio seguro donde entender tu historia, sentirla, honrarla y reescribirla. Donde dejas de vivir desde el piloto automático y empiezas a vivir desde el contacto contigo.

No para hacerlo perfecto.

Si no para hacerlo real.

“Lo que se excluye en una generación, se repite en la siguiente”. 

Bert Hellinger.

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